jueves, 24 de septiembre de 2015

VÍDEOS XXX EN LA TELEVISIÓN PÚBLICA



La televisión pública es, en teoría, la televisión de todos. La que pagamos con parte de los impuestos, la que se analiza con lupa para intentar que represente a todo el pueblo y la que tiene como misión ofrecer contenidos de calidad. Ya que se paga con el dinero de la gente, no de la empresa privada, es lógico que se quiera asegurar que el dinero está ben invertido y utilizado.

Los videos porno en la televisión de todos

Claro que el pueblo es muy diverso, no hay que hacer nada para darse cuenta, y cada uno tiene sus gustos. Entonces, ¿la televisión pública debería ser un medio en el que tengan cabida contenidos para todos los gustos? ¿Se imagina alguien que a determinadas horas se puedan ver contenidos xxx, es decir porno, en el primer canal nacional de cualquier país?

Nos parece una aberración, ni siquiera se le ocurriría a un amante del cine adulto, a un consumidor diario de este tipo de contenido, pero no porque no le guste la idea, sino porque no estamos acostumbrados a ello y cualquiera se sorprendería al saber que una emisora pública da acceso a porno gratis.

En el fondo es un pensamiento hipócrita: ¿por qué no? ¿Por qué pueden emitirse programas que gustan a solo una parte de los espectadores, haciendo que el resto cambie de canal, pero siempre dentro de unos géneros y unos estándares? ¿Por qué no dedicar una franja horaria, por pequeña que sea, y aunque se trate solamente de una vez a la semana, al sexo explícito en televisión?
La respuesta es rápida, aunque debatible: porque no. “¿En la televisión que pagamos todos? ¿Y si los menores de edad se encuentran con uno de estos programas? Ni hablar”. La solución a esta polémica, que no se da con otros contenidos que pueden ofender a pequeños y mayores, como son la violencia física y psicológica o la pésima calidad de muchos contenidos, es más fácil de lo que parece: aparentemente poca gente tiene problemas con que canales privados de ámbito local o estatal emitan vídeos porno, por lo que se debería aplicar el mismo criterio a la televisión pública. Se trata, simplemente, de aplicar las restricciones que se aplican a los canales privados y que se basan en regulaciones que nacen del sentido común.

¿Acaso no lo tiene igual de fácil, un menor de edad o un cristiano devoto, para presionar un botón u otro en el mando del televisor? ¿No huimos todos de los programas que no nos gustan o de los contenidos que nos ofenden, tan fácil como no ponernos a verlos? ¿Tan mal quedaría, en una televisión pública, una advertencia visual y sonora a altas horas de la madrugada de un sábado para evitar que nadie tuviera que pasar por la -al parecer- traumática experiencia de ver un coito entre dos actores?

La cuestión es que la excusa de que hay que proteger a determinados sectores del público de esas imágenes no sirve, puesto que es tan fácil como cambiar de canal e irse a la privada. Lo que se va a ver es lo mismo, solo que la audiencia se va a otra parte. Y cuanto más se intenta esconder algo, cuanto más se margina y se estigmatiza, más interés provoca. La normalización acabaría con estas cosas.


No puede ser tan difícil, aunque si algún día se llega a un nivel de madurez intelectual y tolerancia como para considerar este tipo de contenidos a las 2 de la madrugada en un canal de financiación pública habrá que ver si se establecen categorías dentro de los contenidos pornográficos en la televisión pública, porque si entramos en los videos porno gay va a ser presumiblemente más difícil, con lo que ha costado –y de hecho está costando- la aceptación de la homosexualidad en la sociedad como algo normal. Que somos todos muy modernos y no tenemos nada en contra de los gays, encima tenemos un amigo que lo es, pero de ahí a ver vídeos explícitos de penetración entre hombres hay un trecho, ¿verdad?